Twenty-Sixth Sunday in Ordinary Time

Homily / Sunday, September 30, 2018

There is a beautiful image at the beginning of the first reading. It talks about how God took some of the spirit from Moses and distributed it to some 70 others. I like the image because it speaks of how the goodness of one person can benefit so many others.

If you or I are the recipient of the spirit of someone, who is that person? Who has enriched our life, making each of us a better person? Whose spirit is in you? I’ve been blessed with two wonderful parents. And of the two, I think I take after my mother a little more. I have her personality, I have her faith, I have her love of people and service of the poor. She just finished a short visit to St. Francis over the Golf Outing, and at the age of 90, she threw herself into some cleaning. She got this old sink in the laundry room to look like new. She shampooed some carpets in the house, and wiped down the kitchen cabinets that were grimy from handprints. People who saw her told me, “I see where you get it from!”

But there are any number of you that I look at who have given some of your spirit to me. I have told Shirley Browne that whenever we have a baptism, she needs to bless the child after baptism, because I know how much she loves children. I look at you, Janda, or you, Biembe, on the day of baptism for your great-grandchild, and I see what a blessing you have bestowed on so many younger members of your family. Some of your spirit has been given to them, just as the spirit of Moses was given to others.

But the flip-side of this picture is something of a challenge, too. Who has received your spirit, my spirit? In this faith of ours, it isn’t all about taking. We must give, too. That beautiful image in the first reading brings back to us the responsibility to also share our spirit with others, to make a real difference in the life of someone because of the spirit that God has put in us. As Moses put it in the first reading, “Would that all the people of the Lord were prophets!” His dream is realized only when we recognize the spirit that we carry, only when we share that rich spirit with others. There is a beautiful spirit in each one of us that together makes up this Body of Christ. Here’s a good reflection question for you this week: What is the spirit that you have to give?

Español:

Hay una bella imagen al comienzo de la primera lectura. Habla de cómo Dios tomo algo del espíritu de Moisés y lo distribuyó a casi setenta individuos. Me gusta la imagen porque habla de como la bondad de una persona puede beneficiar a  los demás.

Si usted o yo somos el recipiente del espíritu de alguien, ¿quién es esa persona? ¿Quién has enriquecido nuestra vida, haciéndonos a cada uno de nosotros una mejor persona? ¿De quién es el espíritu que está en usted? He sido bendecido con dos padres maravillosos. Y de los dos, pienso que me parezco a mi mama un poco más. Tengo su personalidad, su fe, y su amor por la gente y servicio a los pobres. Ella acaba de completar  una visita corta a San Francisco después del Evento de Golf, y a la edad de noventa años, ella hizo una buena limpieza. Ella limpie e hizo lucir como nuevo un viejo fregadero en la lavadero  Lavó con champú algunas alfombras en la casa, y limpió los armarios en la cocina que estaban sucios de huellas de manos. Las personas que la vieron me dijeron, “¡Ya veo de donde lo sacas!”   

Pero hay algunos de ustedes a quienes yo veo y quienes me han dado algo de su espíritu. Le he dicho a Shirley Browne que cuando celebramos un bautismo, ella necesita bendecir al bebé después del bautismo, porque yo sélo mucho que ella  ama a los bebés. Yo las veo a usted, Janda, o a usted, Biembe, en el día del bautismo de su bisnieta, y veo la gran bendición que ustedes han dado sobre tantos jóvenes miembros de su familia. Algo  de su espíritu se ha pasado a ellos, justo como el espíritu de Moisés fue dado a los demás.

Pero, el otro lado de esta imagen representa un desafío también. ¿Quién ha recibido su espíritu o mi espíritu? En esta fe de nosotros, no es todo acerca de recibir. Debemos dar, también. Esa bella imagen en la primera lectura nos trae de vuelta la responsabilidad de compartir nuestro espíritu también con los demás, para hacer una real diferencia en la vida de alguien, por medio al espíritu que Dios ha puesto en nosotros. Así como Moisés dice en la primera lectura, “¡Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta!” Su sueño se realiza solamente cuando reconocemos el espíritu que llevamos, solamente cuando compartimos ese espíritu rico con los demás. Hay un bello espíritu en cada uno de nosotros que juntos hace ese Cuerpo de Cristo. Aquí está una buena reflexión para ustedes durante esta semana: ¿Cual es el espíritu que tienen para dar?”