Twenty-Eighth Sunday in Ordinary Time

Homily / October 18, 2020

I watched the vice-presidential debates this past week, and at times, I was left thinking, “I can’t believe that they just said that, and with a straight face!” Their words, to me, seemed in direct contrast with their actions. Let’s not even talk about refusing to answer a question given to them. I will be honest enough to say that Church leaders do the same at times and we deserve the same scrutiny. We are judged by the very words that we speak.

In today’s second reading, St. Paul says, “My God will fully supply whatever you need.” Who of us here today doesn’t need to hear those words? What a comfort those words convey! My God will fully supply whatever you need. We can almost hear a collective sigh of relief here in church as we hear those words in the Scriptures today. Those words assure us that even if God is silent, God has not forgotten us, and our burdens are just a little lighter knowing that God sees our needs and will supply what we need.

As I reflected on those words, I began to think about the words that you and I speak to others. St. Paul gives us some incredibly comforting words today. Are our words as comforting and as positive as what we heard today in the second reading? One of our beliefs about the Eucharist is that after we have received the Body of Christ, we must be the Body of Christ to others, nourishing them in the needs of their lives. I believe that the same holds true with our words. As we have heard the Word of God this morning, we now must be the Word of God to others. Our words must be words of comfort and assurance and love and care. 

We don’t need to look far or listen long before we hear words that are angry and divisive and demeaning and disrespectful. That cannot be our way of speaking. Those cannot be our words. For, like the Eucharist, we must be the living Word of God. Our words must build up, and not tear down. Our words must bring healing, and not create hurt. Our words must challenge not out of anger, but out of true love for the other. Our words must speak justice for the poor, and not serving self-interests.

I must confess to you that I have never had this thought before. This is not some old homily that I’ve used in the past. It has been a good, new reflection for me in my own life – being the Word of God that we hear, as much as the Body of Christ that we receive in the Eucharist. Let’s go out from here today more conscious of our call to be the Word of God for others. Give a good, kind word to someone today and every day, living as people who offer others that confidence of knowing that my God will fully supply whatever you need

Español:

Yo vi los debates de los candidatos a vicepresidente esta semana pasada, y a veces, me he quedado pensando, “¡No puedo creer que ellos acaban de decir eso, y con una cara seria!” Sus palabras, para mí, parecían en contraste directo con sus acciones. Y ni hablar acerca de negarse a responder a una pregunta dada a ellos. Yo, soy suficiente honesto para decir que los líderes en la Iglesia hacen lo mismo a veces, y merecemos lo mismo escrutinio. Somos juzgados por las mismas palabras que hablamos.

En la segunda lectura de hoy, San Pablo dice, “Mi Dios, por su parte, con su infinita riqueza, remediará con esplendidez todas las necesidades de ustedes.” ¿Quién de nosotros aquí hoy no necesita oír esas palabras? ¡Que consuelo el que esas palabras transmiten! “Mi Dios, por su parte, con su infinita riqueza, remediará con esplendidez todas las necesidades de ustedes.” Casi que podemos oír un suspiro colectivo de alivio aquí en la iglesia mientras oímos esas palabras en las Escrituras de hoy. Esas palabras nos aseguran que aun si Dios es silencioso, Dios no nos ha olivado, y nuestras cargas son un poco más ligeras sabiendo que Dios ve nuestras necesidades y suministrará lo que necesitamos.

Mientras yo me reflejaba en esas palabras, comienzo a pensar acerca de las palabras que ustedes y yo le decimos a los demás. San Pablo nos da algunas palabras increíbles de consuelo hoy. ¿Son nuestras palabras tan reconfortantes y positivas que lo que oímos hoy en la segunda lectura? Una de nuestras creencias acerca de la Eucaristía es que después de recibir el Cuerpo de Cristo, debemos ser el Cuerpo de Cristo para los demás, nutriéndolos en las necesidades de sus vidas. Yo creo que lo mismo aplica a nuestras palabras. Mientras oímos la Palabra de Dios esta mañana, ahora debemos ser la Palabra de Dios para los demás. Nuestras palabras deben ser palabras de consuelo, garantía, amor y cuidado. 

No necesitamos mirar muy lejos ni escuchar por mucho tiempo hasta que oímos las palabras llenas de enojo, divisivas, degradantes e irrespetuosas. No puede ser nuestra manera de hablar. No pueden ser nuestras palabras. Pues, como la Eucaristía, debemos ser la viva Palabra de Dios. Nuestras palabras deben construir, y no derribar. Nuestras palabras deben traer curación y no crear herida. Nuestras palabras deben desafiar no por enojo, sino por amor verdadero por los demás. Nuestras palabras deben hablar la justicia por los pobres, y no servir nuestros intereses.

Debo confesar a ustedes que nunca he tenido este pensamiento antes. Esta no es una vieja homilía que he usado en el pasado. Esto ha sido una buena, nueva reflexión para mí en mi propia vida – siendo la Palabra de Dios la que oímos, tanto como Cuerpo de Cristo que recibimos en la Eucaristía. Salgamos de aquí hoy más conscientes de nuestra llamada para ser la Palabra de Dios para los demás. Démosle a alguien una buena palabra hoy y todos los días, viviendo como gente que ofrece la confianza a los demás de saber que mi Dios, por su parte, con su infinita riqueza, remediará con esplendidez todas las necesidades de ustedes.”