Thirty-Second Sunday in Ordinary Time

Homily / November 8th, 2020

Throughout the presidential elections, everyone had their own reason and rationale for why they supported a particular candidate. I have heard people say that they supported President Trump because he defies the stereotype of a typical politician. Others will support Joe Biden because he offers the hope of unifying our country once again. Everyone has their own mindset, not quite understanding why another person does not agree or understand their point of view. It’s as if we live in a world of our own.

Let me use another word for that, a word that pops up in our readings today. We all have our own “wisdom” – a way of thinking or a set of beliefs in which we believe. The Scriptures speak about wisdom today, and as followers of Jesus, we try to learn and live what the wisdom of Jesus is all about. We start with St. Paul’s words in his first letter to the Corinthians where he writes, “the wisdom of this world is foolishness in the eyes of God”. That alone moves us to look at something much greater than conventional wisdom.

What is the wisdom of God? Reflecting on this question could help us especially now in this time after the elections. These are just a few of my reflections on that wisdom of God. We all know the famous reading of St. Paul about love: “Love is patient, love is kind.” We might do the same with wisdom. It might sound something like this:

Wisdom is honesty, wisdom is truth. It does not deceive; it does not disappoint.

Wisdom takes other people into account. It is not selfish. It is not self-centered.

Wisdom is humble. It is not bombastic nor abrasive. It listens first and only then

speaks with thought and reflection.

Wisdom is not afraid of one’s shortcomings or weaknesses, but sees one’s

shortcomings and weaknesses as sources of wisdom itself.

Wisdom is peace which comes in accepting oneself and being honest with oneself.

Wisdom comes from the heart and need not rely on knowledge which comes from

the mind. Some of the wisest people are those with the least amount of

education, but rich in experience and love and respect for others.

Wisdom is knowing that all wisdom does not reside in me, that God is rich in gifts

of wisdom to all. This alone demands that my wisdom include respect and

listening to others.

True wisdom is not definitive nor final. It is always open to grow from the

perspectives of others.

Wisdom is generous. Its ultimate goal is the well-being of others as much as

myself.

The message of the Gospel seems to be “Don’t run out of oil.” If wisdom is our oil, let’s make sure that we have stored up the right kind of wisdom, not the wisdom of this world that St. Paul describes as foolish, but the wisdom of God that fuels love and justice and peace in our lives and in the lives of others.

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Durante las elecciones presidenciales, cada persona tuvo su propia y fundamental razón para dar su apoyo a un candidato particular. He oído a las personas decir que apoyaron al presidente Trump porque desafiaba el estereotipo de un político típico. Otros apoyaron a José Biden porque ofrece la esperanza de unificar el país otra vez. Cada persona tiene su propia mentalidad, sin entender del todo porque otras personas no están de acuerdo ni comprenden su propio punto de vista. Es casi como si viviéramos en nuestro propio mundo.

Permítanme usar otra palabra para eso, una palabra que se muestra en las lecturas de hoy. Todos nosotros tenemos nuestra propia “sabiduría” – una manera de pensar o un conjunto de creencias en que tenemos. Las Escrituras de hoy hablan acerca de la sabiduría, y como los seguidores de Jesús, tratamos de aprender y vivir lo que es la sabiduría de Jesús. Comenzamos con las palabras de San Pablo en su carta a los Corintios donde escribe, “La sabiduría de este mundo es tontería en los ojos de Dios.” Eso solo nos mueve mirar a algo más grande que la sabiduría convencional.

¿Qué es la sabiduría de Dios? Reflexionando en esta pregunta pudiera ayudarnos especialmente en este tiempo después de las elecciones. Aquí están unas reflexiones mías sobre la sabiduría de Dios. Todos nosotros conocemos la lectura famosa de San Pablo acerca del amor: “El amor es sufrido, el amor es benigno.” Pudiéramos hacer lo mismo con la sabiduría. Pudiera sonar como esto:

La sabiduría es honesta, la sabiduría es la verdad. No engaña, no decepciona.

La sabiduría tiene en cuenta a otras personas. No es egoísta. No es egocéntrica.

La sabiduría es humilde. No es rimbombante ni abrasivo. Primero oye y

después habla con el pensamiento y reflejo.

La sabiduría no tiene miedo de defectos o las debilidades de nosotros, pero ve los

defectos y debilidades como fuentes de sabiduría sí mismo.

La sabiduría es la paz que viene en aceptar a sí mismo y ser honesto con sí mismo.

La sabiduría viene del corazón y no necesita confiar en el conocimiento que viene

de la mente. Algunos de las personas más sabias son los con la menor cantidad de educación, pero ricas en experiencia y amor y respeto para los demás.

La sabiduría es saber que toda sabiduría no reside en mí, que Dios es rico en los

regalos de sabiduría a todos. Esto solo demanda que mi sabiduría incluye el respeto y la escucha a los demás.

La sabiduría verdadera no es definitiva ni final. Es tiempo abierta a crecer de las

perspectivas de los demás.

La sabiduría es generosa. Su meta final es el bienestar de los demás tanto como yo.

El mensaje del Evangelio parece ser “No se quede sin aceite.” Si la sabiduría es nuestro aceite, asegurémonos de que hemos almacenado el tipo correcto de la sabiduría, no la sabiduría de este mundo que San Pablo describe como tontería, sino la sabiduría de Dios que alimenta el amor y la justicia y la paz en nuestras vidas y en las vidas de los demás.