Thirteenth Sunday in Ordinary Time

Homily / June 28th, 2020

I had the funeral Mass for my sister-in-law last Friday. She died of cancer at the age of 61. If that isn’t sad enough, she retired from her job about three weeks ago, only to find out in her very first week of retirement that she had cancer. She was a strong woman throughout her fight against cancer.

When I visited her a couple of weeks ago before she died, we had a good visit along with all the other brothers and sisters. One of her sisters is a woman of few words, but words that get to the point. And as I passed her in the house, she very quickly said to me, “When it comes to cancer, where we would be if we didn’t have our faith?” And then she continued to walk on. It was a question that needed no answer.

When I have a funeral, one of the points that I frequently make is that our faith gives us the comfort of knowing that death is not the end. As powerful and as fearful as death is, death does not get the last word. Our faith tells us that there is more; there is new life after death, because of the faith that we have in Jesus and because of the way that we live out that faith in our lives. We make a lot of sacrifices throughout our life because of our faith. But when tragedy hits us, there’s nothing like our faith to get us through.

The second reading today is the reading that I use for 99% of the baptisms that I celebrate. It is a perfect lesson about our faith and the sacrament of Baptism. As we celebrate the gift of life in a newborn baby or even the new life that comes to an adult who decides to be baptized, our faith is honest enough to tell us that there are sacrifices to be made for our faith. Listen to the Gospel for an example of that: Jesus says that no one and nothing comes before him: not husband or wife, not father or mother, not family. Our God is a demanding God, but a God who promises us an even greater reward for any sacrifice we make in our lives.

This pandemic is one of the greatest tests that we have ever experienced. And it calls for some of the greatest sacrifices that we have ever done, always mindful of God’s presence with us, even when it’s hard to see God with us. With the second reading today, it is a perfect time to renew our baptismal promises, to express our firm belief that God will bring us through this pandemic and any other tragedy we experience in life. 

Español:

El viernes pasado, yo tuve el funeral de mi cuñada. Ella murió de cáncer a la edad de sesenta y uno. Si eso no es lo suficientemente triste, se retiró de su trabajo hace tres años atrás, solamente para encontrar en su primera semana de estar retirada que tenía cáncer. Fue una mujer fuerte en su lucha contra el cáncer.

Cuando yo la visite un par de semanas atrás antes de su muerte, tuvimos una buena visita con todos los hermanos y hermanas. Una de sus hermanas es una mujer de pocas palabras, pero palabras que van al punto. Y mientras yo la pasé en la casa, ella muy rápidamente me dijo, “Cuando se trata del cáncer, ¿dónde estaríamos si no tuviéramos nuestra fe?” Y entonces, continuó caminando. Fue una pregunta que no necesitaba una respuesta.

Cuando tengo un funeral, uno de los puntos que frecuentemente hago es que nuestra fe nos da el consuelo de saber que la muerte no es el fin. Por poderosa y temerosa que es la muerte, esta no tiene la última palabra. Nuestra fe nos dice que hay más; hay nueva vida después de la muerte, debido a la fe que tenemos en Jesús y la manera de que vivimos esa fe en nuestras vidas. Hacemos muchos sacrificios por nuestra vida debido a nuestra fe. Pero cuando la tragedia nos golpea, no hay nada como nuestra fe para ayudarnos.

La segunda lectura de hoy es la lectura que uso para el noventa y nueve por ciento de los bautizos que celebro. Es una lección perfecta acerca de nuestra fe y el sacramento de Bautismo. Mientras celebramos el regalo de vida en un bebé o aun la nueva vida que viene a un adulto quien decide ser bautizado, nuestra fe es suficiente honesta para decirnos que hay sacrificios hechos por nuestra fe. Oigan el evangelio para un ejemplo de eso: Jesús dice que nadie y nada esta antes de él: ni esposo ni esposa, ni padre ni madre, ni la la familia. Nuestro Dios es un Dios exigente, pero un Dios quien nos promete una recompensa aún más grande por cualquier sacrificio que hacemos en nuestras vidas.

Esta pandemia es una de las pruebas más grandes que hemos experimentado. Y llama para algunos de los sacrificios más grande que hemos hecho alguna vez, siempre conscientes de la presencia de Dios con nosotros, aun cuando es difícil ver a Dios con nosotros. Con la segunda lectura de hoy, es un tiempo perfecto para renovar nuestras promesas bautismales, para expresar nuestra creencia firme que Dios nos llevará por esta pandemia y cualquier otra tragedia que experimentamos en la vida.