The Baptism of the Lord

Homily / January 10th, 2021

If you are an inquisitive person, this celebration of the Baptism of Jesus should raise questions with you and me: in the first place, why was Jesus baptized? Did he have to be baptized? If he was free of sin, baptism wasn’t necessary. So why did he do it?

Good questions, eh? Once again, I turned to our Jesuit friend, Fr. James Martin, who writes in his book on Jesus about his trip to the Holy Land and going to the Jordan River where Jesus was baptized. He asks the same question: Why was Jesus baptized if he was without sin? He mentions a number of possible answers, but ultimately, he comes to the conclusion that Jesus was baptized in order to fully immerse himself in our humanity. To put it more simply, he did it because others were doing it. He didn’t want to be seen as someone who was better than everyone else. He didn’t want to stick out in the crowd. True, he did not have to be baptized. But he wanted to identify with us as fully as possible.

And it was not a passive act of just following someone else’s example. Often such actions carry deeper messages. You and I do the same. Think of things that you and I do for someone else – things that we don’t have to do, things that we don’t even like to do, but something that we do for the other person. I think of Bruce and Anita Campbell. Bruce is African American and Anita, who has since died, was Puerto Rican, the sister of Maria Gonzalez-Edwards. Bruce came to the 10:30 Mass every Sunday with Anita and sat right here. One day, I asked Bruce, “Bruce, do you understand Spanish?” “Not a lick!”, he said. But I knew that Bruce came to that Mass out of real love for his wife. Every Sunday, they were a beautiful example for me of what we do for others so that we can be one.

Jesus was no different. His baptism was most deeply a real act of love for us. Today closes the Christmas season. And if there is any powerful, overwhelming lesson about this season of Christmas, it is that we are humbled and blown away by God’s love for us. If we didn’t get that message in the birth of Jesus, it is reinforced today in the baptism of Jesus. God came not only to be among us, but to be one of us. In one of

the daily Mass readings last week, St. John defined what the love of God is: he says it is “not that we have loved God, but that God loved us and sent Jesus to be the sacrifice for our sins.” Even without our love first, God loves us. Our challenge now is to return the favor: to live as best we can to identify ourselves with God.

Español:

Si usted es una persona inquisitiva, esta celebración del Bautismo de Jesús debería plantear algunas preguntas para usted y para mí: en primer lugar, ¿Por qué fue bautizado Jesús? ¿Tenía que ser bautizado? Si era libre de pecado, el bautismo no era necesario. Pues, ¿Por qué lo hizo Jesús?

Buenas preguntas, ¿no? Nuevamente, hago mención de nuestro amigo, el Jesuita, Padre Jaime Martin, quien escribe en su libro sobre Jesús acerca de su viaje a la Tierra Sagrada y luego yendo al Rio Jordán donde Jesús fue bautizado. Él hace la misma pregunta: ¿Porque fue bautizado Jesús si estaba sin pecado? Menciona un número de respuestas posibles, pero por último llega a la conclusión de que Jesús fue bautizado para sumergirse completamente en nuestra humanidad. Para decirlo de forma más simple, lo hizo porque los demás estaban haciéndolo. No quería ser visto como alguien que era mejor que todos los demás. No quería sobresalir entre la multitud. Claro, no tenía que ser bautizado. Pero quería identificarse con nosotros como fuera posible. 

Y no fue un acto pasivo de justo seguir el ejemplo de alguien más. Frecuentemente tales acciones llevan mensajes más profundos. Usted y yo hacemos lo mismo. Piensen en cosas que usted y yo hacemos por los demás – cosas que no tenemos que hacer, cosas que no aún nos gustan, pero algo que hacemos por la otra persona. Pienso en Bruce y Anita Campbell. Bruce es afroamericano y Anita, quien ha muerto desde entonces, era puertorriqueña, y también la hermana de María González-Edwards. Bruce venía a la misa de diez y media cada domingo con Anita y se sentaba justo aquí. Un día, le pregunté a Bruce, “Bruce, ¿comprende usted español?” Él me respondió, “¡Ni una palabra!” Pero yo sabía que Bruce asistía a esa misa debido a su amor real para su esposa. Cada domingo, ellos eran un buen ejemplo para mí de lo que hacemos por los demás para que podamos ser uno.

Jesús no era diferente. Su bautismo fue un acto muy profundo de amor por nosotros. Hoy, terminamos la temporada Navideña. Y si hay una lección poderosa y abrumadora acerca de esta temporada Navideña, es que nos hacemos humildes e impresionados por el amor de Dios por nosotros. Si no comprendimos ese mensaje en el nacimiento de Jesús, es reforzado hoy con el bautismo de Jesús. Dios vino no solo para estar entre nosotros, sino para ser uno de nosotros. En una de las lecturas de la misa diaria de la semana pasada, San Juan definía lo que el amor de Dios es: dice es “no es que hemos amado a Dios, sino que Dios nos amó y envió a Jesús para ser el sacrifico por nuestros pecados.” Aun sin nuestro amor primero, Dios nos ama. Nuestro desafío ahora es devolver el favor: para vivir lo mejor que podamos para identificarnos a nosotros mismos con Dios.