Sixth Sunday in Ordinary Time

Homily / February 14th, 2021

Leprosy was a big deal in the days of Jesus. It was impossible for someone to get rid of it. You had it for life. If the disease wasn’t bad enough, people believed that it was God’s curse upon a person. You and I must have done something really bad for God to inflict such a disease upon us, or so people thought.

The Scriptures today give us an idea of the worst part of leprosy. The disease was one thing. But the separation that it created from a person’s family and community was the worst part. We are practicing social distance and quarantine during this pandemic. Imagine this separation of ours lasting a lifetime: never being able to hold your loved one, never being able to see or be with your grandchildren the way you’d like to, never being able to have real celebrations with family ever again. That was the real toll of leprosy.

We can look at that now and think, “How stupid is that?! Leprosy is not a curse from God.” It was ridiculous to think that leprosy was a curse from God. But are we any different when we look at our judgments and beliefs that similarly create division and separation in our lives? For example, black people continue to be suspect in our society oftentimes simply for the color of their skin. Felons who have finished their sentence are not allowed to vote, not allowed to hold a decent job; punishment for them never ends, does it? LGBTQ people are considered “objectively disordered” by the Catholic Church. Puerto Rican’s aren’t Americans because they speak Spanish. People who are older than 50 or 55 are not good hires in the eyes of many employers. Beliefs about leprosy might seem ridiculous to us. But are we really any different in what we believe today?

In the Gospel, contrary to the social norms of his day, Jesus does not make a big deal of leprosy. In fact, he breaks all the laws. A person would never come close enough to actually touch a leper. You might contract the disease. The Gospel states that Jesus touches the leper and with very little fuss, cures the leper and sends him off. He not only healed the man of leprosy. He reunited this man with his family and his community. The joy recorded in his words is the joy of someone who is once again welcome, once again accepted, once again blessed and loved. He healed him in body, but made him whole again in soul and spirit.

Jesus makes us whole. St. Paul, in today’s second reading, tells the Corinthians and tell us “Avoid giving offense” to others. We do that best when we focus on our own need for healing, our own need to be made whole. We are not much different than the leper in asking Jesus, “If you wish, you can make me clean.” Jesus waits for us to recognize that need for healing in our lives, too, and is ready to offer to us the same response, “I do will it. Be made clean.”

Español:

La lepra era un gran problema en los días de Jesús. Era imposible para alguien deshacerse de ella. Quien la tenía, tenía de por vida. Por si la enfermedad no era lo suficiente mala, la gente creía que era una maldición de Dios sobre una persona. Usted y yo debimos haber hecho algo muy malo, para Dios infligir una semejante enfermedad sobre nosotros, o eso pensaba la gente.

Las escrituras de hoy nos dan una idea de la peor parte de la lepra. La enfermedad era una cosa. Pero la separación que creó entre las familias y la comunidad de la alguien era la peor parte. Estamos practicando la distancia social y la cuarentena durante esta pandemia. Imagínense que esta separación durara toda la vida: nunca más volver abrazar sus seres queridos, nunca más ver o estar con sus nietos de la manera que le gusta; nunca más tener las celebraciones en persona con su familia, nunca más. Eso era el precio real de la lepra. 

Podemos mirarlo ahora y pensar, “¡¿Que tan estúpido es eso?! La lepra no es una maldición de Dios.” De veras era ridículo pensar que la lepra era una maldición de Dios. Pero ¿somos nosotros diferentes cuando enjuiciamos y observamos las creencias que igualmente crean la división y la separación en nuestras vidas? Por ejemplo, los afroamericanos continúan siendo sospechosos en nuestra sociedad frecuentemente, solamente por el color de su piel. A los criminales quienes han terminado su sentencia no se les permite votar, no es permitido tener un trabajo decente; su castigo nunca termina, ¿no? La gente LGBTQ son considerados “objetivamente desordenados” por la Iglesia Católica. Los puertorriqueños no son americanos porque hablan español. Las personas con más de cincuenta años no son buenas contrataciones ante los ojos de muchos empleadores. Las creencias acerca de la lepra pueden parecer ridículas para nosotros. Pero ¿somos nosotros realmente diferentes basados en lo que creemos hoy?

En el evangelio, contrario a las normas sociales de su día, Jesús no hizo un gran problema de la lepra. De hecho, rompió todas las leyes. Una persona no iría lo suficiente cerca para tocar a un leproso ya que, podría contraer la enfermedad. El evangelio declara que Jesús toca al leproso y con muy poco alboroto, curó al leproso y lo despidió. No solo curó el hombre de la lepra. Reunió a este hombre con su familia y su comunidad. La alegría grabada en sus palabras es la alegría de alguien quien es bienvenido otra vez, aceptado otra vez, bendecido y amado otra vez. Jesús lo curó en cuerpo, pero lo hizo completo en alma y espíritu.

Jesús nos hace completos. San Pablo, en la segunda lectura, les dice a los Corintios y a nosotros “No den motivo de escándalo’ a los demás. Hacemos lo mejor cuando nos enfocamos en nuestra propia necesidad para curación, nuestra propia necesidad para hacernos completos. No somos tan diferentes al leproso al preguntar a Jesús, “Si tú quieres, puedes cúrame.” Jesús espera para nosotros reconocer esa necesidad para la curación en nuestras vidas también, y está listo para ofrecernos la misma respuesta, “Si quiero: ¡Sana!”