Pentecost Sunday

Homily / May 31, 2020

After my car accident last summer, I spent a number of weeks and months healing. In that time, it was very interesting for me to learn how the human body works. For example, one injury I sustained was a broken tailbone. The doctor told me that there was good news and bad news. The good news was that it would heal just fine. The bad news was that it would need to heal by itself and take three months. And that’s exactly what happened. A long, slow, painful healing. As I healed, that little part of my body could register just enough pain to make the rest of my body pay attention!

Pentecost is often described as the birthday of the Church. And for this Pentecost Sunday, St. Paul uses that symbol of the body in the second reading to describe the many parts that make us the one Body of Christ, the Church. Every part has an important function, and as St. Paul mentions, often the smallest part [like my tailbone] can have the greatest impact on the rest of the body. No one is left out. Every one of us has a part to play, so much so that St. Paul writes a little later in the same letter that when one part suffers, all parts suffer.

I had a different message prepared for my homily today. But much of our news this past week has centered on the death of a black man in Minneapolis at the hands of four police officers. Something becoming very commonplace in our American society is the plight of African Americans who essentially are killed for the color of their skin. Ahmaud Arbery, Breonna Taylor, and now George Floyd. They are just “the few” whose stories have made headlines over a couple of weeks. As many as the stories are, as horrible as their deaths are, we are becoming almost numb to their occurrence.

When one part of the body suffers, all parts suffer, says St. Paul. Ahmaud and Breonna and George and so many others are members of this Body of Christ. Their deaths and the injustice that they suffered wound us and injure this entire Body of Christ. Their deaths hurt us and move us to seek healing, to right what is wrong.

I’m not preaching this message because Gio is here. This is a message that should ring out from every pulpit of every church this morning. For the Body of Christ has been wounded, and the others members of this body should be crying out for healing, crying out for justice, crying out for an end to a racism that abuses the Body of Christ and violates the dignity of every human being, whether they be black or brown or Asian American or Middle Eastern. Isn’t that what St. Paul says in the second reading?: we are all of the same spirit, whether Jew or Greek, slave or free. We are all, together, the Body of Christ.   

When Jesus appeared to the disciples, the Gospel today tells us that he showed them his hands and his side. Jesus then said, “As the Father has sent me, so I send you.” In the death of George Floyd and so many others, that same wounded body of Christ is revealed to us. And like the disciples, we are sent forth on this Pentecost Sunday, on this birthday of the Church, to be the best of what Jesus calls the Church to be: to be a champion for the poor, to confront the racism that repeatedly continues to wound the Body of Christ, and to work for justice for all of God’s children.

Español:

Después de mi accidente automovilístico el verano pasado, yo pase un par de semanas y meses recuperándome. En ese tiempo, fue muy interesante para mi entender como el cuerpo humano funciona. Por ejemplo, una herida que yo experimente fue el coxis roto. El médico me dijo que había buenas noticias y malas noticias. Las buenas noticias fueron que sanaría muy bien. Las malas noticias fueron que mi coxis necesitaba curar por sí mismo y tomaría tres meses. Y eso es exactamente lo que pasó. Una curación larga, lenta, y dolorosa. ¡Mientras yo curaba, esa pequeña parte de mi cuerpo podía registrar suficiente dolor para hacer que el resto de mi cuerpo prestara atención! 

Frecuentemente, Pentecostés se describe como el cumpleaños de la Iglesia. Y para este domingo de Pentecostés, San Pablo usa ese símbolo del cuerpo en la segunda lectura para describir las muchas partes que nos hacen el único Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Cada parte tiene una función importante, y así como San Pablo menciona, frecuentemente la parte más pequeña [como mi coxis] puede tener el impacto más grande sobre el resto del cuerpo. Nadie queda afuera. Cada uno de nosotros tiene una parte en juego, tan es así que San Pablo escribe un poco más tarde en la misma carta que cuando una parte sufre, todas las partes sufren.

Tenía un mensaje diferente preparado para mi homilía de hoy. Pero gran parte de las noticias de la semana pasada se han centrado en la muerte de un Afroamericano en Minneapolis a las manos de cuatro oficiales de policía. Algo que se está haciendo muy común en nuestra sociedad americana es la situación de los Afroamericanos quienes esencialmente son asesinados por el color de su piel. Ahmaud Arbery, Breonna Taylor, y ahora George Floyd. Ellos son algunos “los pocos” cuyas historias han hecho los titulares por un par de semanas. Por muchas que sean las historias y tan horribles como son sus muertes, nosotros estamos casi entumecidos ante lo ocurrido.

Cuando una parte del cuerpo sufre, todas las partes sufren, dice San Pablo. Ahmaud y Breonna y George y tantos otros son los miembros de este Cuerpo de Cristo. Sus muertes y la injusticia que ellos sufrieron nos hieren y lesiona el Cuerpo de Cristo. Sus muertes nos lastiman y nos mueven para buscar la curación, para corregir lo que está mal.

No estoy predicando este mensaje porque Gio está aquí. Es un mensaje que debe sonar desde cada púlpito de cada iglesia esta mañana. Pues el Cuerpo de Cristo ha sido herido, y los otros miembros de este cuerpo deben estar clamando por curación, clamando por la justicia, clamando por un alto del racismo que abusa el Cuerpo de Cristo y viola la dignidad de cada ser humano, si ellos son negros o morenos o asiáticos o del medio este. ¿No es eso lo que San Pablo dice en la segunda lectura?: todos nosotros somos del mismo Espíritu, ya sea judío o griego, esclavo u hombre libre. Todos nosotros juntos somos el Cuerpo de Cristo.

Cuando Jesús se le apareció a los discípulos, el evangelio de hoy nos dice que les mostró sus manos y su costado. Entonces, Jesús dijo, “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo.” En la muerte de George Floyd y tantos otros, ese mismo cuerpo herido de Cristo se revela ante nosotros. Y como los discípulos, somos enviados en este domingo de Pentecostés, en este cumpleaños de la Iglesia, para ser lo mejor de lo que Jesús llama a la Iglesia para ser: para ser un campeón para los pobres, para confrontar el racismo que repetidamente continúa hiriendo el Cuerpo de Cristo, y para trabajar por la justicia para todos los niños de Dios.