Fourth Sunday in Ordinary

Homily / January 31, 2021

In today’s Gospel and in other places in the Scriptures, we hear how the people were amazed at how Jesus spoke with authority and not like the scribes and the Pharisees. It shows up often enough in the Scriptures that it makes us wonder just what Jesus did to earn that praise of the people. What was this “authority” that people recognized in Jesus?

I did a little research on scribes and Pharisees, because I really don’t know what their role was in Jesus’ time, nor do I know how they are different. In Jesus’ time, they were two distinct groups. The scribes had a knowledge of the law, and as their title implies, they could draft documents for marriage, the sale of land, and things like that. The Pharisees on the other hand saw themselves as “above the common people” and believed that they were the true keepers of religious laws. I think you’re already getting an idea of why Jesus didn’t particularly like these two groups of people.

Maybe more clearly, the evangelist Matthew writes in his Gospel that the Pharisees were known to say a lot, but do very little themselves. Does that sound familiar? “Do as I say, not as I do” would be a good motto to describe how people experienced the Pharisees. In today’s Gospel, we hear how Jesus doesn’t just offer words, but backs his word up with action in the healing of a man with an unclean spirit. His authority comes from putting his word into action.

In our country today, our word is under attack. Sadly, the hollow words of politicians and church leaders comes to mind for me. Much like the Jews of Jesus’ day, is it any wonder that people have lost faith in their leaders when their word is baseless and empty of real action? In one of my emails to parishioners, I wrote a short message entitled “Words matter.” And they do. What we say is one thing. But what we do after our words is even more important. It serves as a measure of our truthfulness. It serves as a measure of how we care for others. Do we mean what we say, or do we say whatever is convenient at any given time?

Authority belongs not just to Jesus alone. It is the property of anyone who, like Jesus, makes good on their word. If you think back to Christmas for a moment, you might remember a powerful reading that described Jesus’ entrance into the world. It comes from the Gospel of John which begins with these words: “In the beginning was the Word. And the Word became flesh and dwelt among us.” In Jesus, God made good on his word. It’s our responsibility to make good on our word, too, to see that our word becomes flesh in our actions. When Amanda Gorman closed her powerful poem on Inauguration Day, she challenged us to not just see the light of goodness, but to be the light of goodness. The same holds true for our word: may we not just speak the word, but, like Jesus, may we give flesh-and-blood to the word that we speak. It creates a certain authority in us and in the message of Jesus that we embody.

Español:

En el evangelio de hoy y en otros lugares en las escrituras, oímos como la gente estaba asombrada en como Jesús hablaba con autoridad y no como los escribas y fariseos. Se muestra lo suficiente en las escrituras que nos hace preguntarnos que Jesús hizo para ganar la alabanza de la gente. ¿Cómo era esta “autoridad” que la gente reconocía en Jesús?

Yo hice una pequeña investigación sobre los escribas y fariseos, porque yo no sabía realmente cuál era su papel en el tiempo de Jesús, ni sabía cómo ellos eran diferentes. En el tiempo de Jesús, ellos eran dos grupos distintos. Los escribas tenían un conocimiento de la ley, y, como su título implica, podían redactar los documentos para las bodas, la venta de terrenos, y cosas como esas. Los Fariseos, en el otro lado, se veían a sí mismos como “por encima de la gente común” y creían que eran los guardianes verdaderos de las leyes religiosas. Pienso que ustedes ya tienen una idea de cómo a Jesús no le gustaban estos dos grupos de personas particularmente.

Quizás más claro, el evangelista Mateo escribe en su evangelio que los fariseos eran conocidos por decir mucho, pero hacer muy poco. ¿Suena familiar? “Haz como yo digo, no como yo hago” pudiera ser un buen dicho para describir como la gente veía a los fariseos. En el evangelio de hoy, oímos como Jesús no ofrece las palabras, sino como respalda sus palabras con acciones como en la curación de un hombre con un espíritu inmundo. Su autoridad viene de poner su palabra en acción.

En nuestro país hoy en día, nuestras palabras están bajo ataque. Tristemente, las palabras huecas de los políticos y los lideres eclesiales vienen a mi mente. Así como los judíos en tiempos de Jesús, ¿es de extrañar que la gente ha perdido la fe en sus líderes cuando la palabra es infundada y vacía de acción? En uno de mis correos electrónicos a los feligreses, escribí un mensaje corto titulado “las palabras importan”. Y lo hacen. Lo que decimos es una cosa. Pero lo que hacemos después con nuestras palabras es aún más importante. Sirve como una medida de nuestra veracidad. Sirve como una medida de como cuidamos de los demás. ¿Queremos decir lo que decimos, o decimos lo que sea conveniente en cualquier momento dado?

La autoridad pertenece no solo a Jesús. Es la propiedad de cualquier persona quienes, como Jesús, cumplen su palabra. Si piensan en la Navidad por un momento, recordaran una lectura poderosa que describió la entrada de Jesús en el mundo. Viene del evangelio de Juan que comienza con estas palabras: “En el principio era la Palabra. Y la Palabra se hizo carne y habitaba entre nosotros.” En Jesús, Dios cumplió su palabra. Es nuestra responsabilidad cumplir nuestra palabra también, para verla hecha carne en nuestras acciones. Cuando Amanda Gorman terminaba su poema poderoso en el día de la inauguración, nos desafió no solo a ver la luz de bondad, sino ser la luz de bondad. Lo mismo aplica a nuestra palabra: que no solo hablemos, sino, como Jesús, demos carne-y-sangre a la palabra que decimos. Crea una cierta autoridad en nosotros y en el mensaje de Jesús que encarnamos.