First Sunday of Advent

Homily / November 29th, 2020

A phrase that has become popular recently during the pandemic is “COVID fatigue”. It is feeling tired of wearing masks, tired of staying home, tired of not being able to be close to those we love, even tired of hearing the daily number of new cases and new deaths from COVID-19. COVID fatigue has uncovered our impatience and also our selfishness: “I want what I want now!”

It sounds like Advent has come just in time for us! Because Advent is that time to celebrate the virtue of patience. I suppose the People of Israel could have had something called Messiah Fatigue: waiting for the Savior to come; waiting for deliverance from their oppressors; waiting for the promise of God to be fulfilled. And if we think we have it bad, it took the Jewish people thousands of years before Jesus came into the world. Advent offers us the chance to see how well we live and practice patience in our lives.

I went to Home Depot last week to get some paint. And as I stood at the paint counter, the department computer broke down. The employee was doing his best, but it soon became clear that the fix was going to take some time. I didn’t have a lot of time. I had an appointment in my office back at the parish. But I took a moment to remember that there was nothing I could do about this. I stood there patiently waiting. To make a long story short, the worker, not knowing I was a priest, kept thanking me for my patience once the computer was up and running once again. My impatience wasn’t going to make a computer work, but my patience did make a worker work all the harder for me.

Ultimately, our impatience is a sign of our lack of trust in God’s timing. God is in charge. God is never late; we’re just impatient. That may be our best lesson to take from this season of Advent. God is never late; we’re just impatient. So how can we work on our impatience this Advent? Here are a few thoughts:

Take a deep breath. Instead of giving free reign to our impatience, we are better off taking a moment to not say or do anything immediately and remember that patience is our better reaction and response.

Look at the big picture. At any given moment, there’s more to what’s going on than just me and my wants. Life gives us situations beyond our control. Sometimes, there’s nothing we can do about it.

Take the other person into consideration for a moment. We do not know what is going on in the life of another person, especially a stranger. Their needs might very well be greater than ours.

Trust in God’s timing, not our own. Isn’t that what the People of Israel did? If we can’t see the big picture, God does. So let it in God’s hands, and God will work it out. Because God is never late. Let’s be patient with our own impatience.

Español:

Una frase que se hizo popular recientemente durante la pandemia es “La Fatiga de COVID”. Se refiere a sentirnos cansados de vestirnos con tapabocas, cansados de quedarnos en casa, cansados de no poder estar cerca de los que amamos, aun cansados de oír sobre el número diario de nuevos casos y nuevas muertes de COVID-19. La fatiga de COVID ha expuesto nuestra impaciencia y también nuestro egoísmo: “¡Quiero lo que quiero ahora mismo!”

¡Suena como que el Adviento ha venido justo a tiempo para nosotros! Porque el Adviento es ese tiempo para celebrar la virtud de la paciencia. Supongo que el Pueblo de Israel pudiera haber tenido algo que se llamaba “La Fatiga del Mesías”: esperando la venida del Salvador, esperando la liberación de sus opresores, esperando el cumplimiento de la promesa de Dios. Y si pensamos que la estamos pasando mal, le tomó a la gente judía miles de años antes de la venida de Jesús al mundo. El Adviento nos ofrece la oportunidad para ver qué bien que vivimos y practicamos la paciencia en nuestras vidas.

Fui a Home Depot la semana pasada para comprar un poco de pintura. Y mientras estaba de pie frente al mostrador de pintura, la computadora del departamento se averió. El empleado estaba haciendo su mejor esfuerzo, pero de repente se hizo claro que la solución iba a tomar algún tiempo. No tenía mucho tiempo. Tenía que regresar a la parroquia para una cita que tenía en mi oficina. Pero yo hice una pausa para recordar que no había nada que podía hacer al respecto de esa situación. Yo estaba de pie allí esperando pacientemente. Para hacer una larga historia corta, el empleado, no sabiendo que yo era sacerdote, me dio gracias una y otra vez por mi paciencia cuando la computadora comenzó a funcionar de nuevo. Mi impaciencia no iba a hacer que la computadora funcionara, pero mi paciencia hizo que un empleado trabajara mucho más para mí.

Por último, nuestra impaciencia es un signo de nuestra falta de confianza en el tiempo de Dios. Dios está a cargo. Dios nunca llega tarde; solo somos impacientes. Eso sería nuestra mejor lección para tomar de esta temporada del Adviento. Dios nunca llega tarde; solo somos impacientes. Pues, ¿cómo podemos nosotros trabajar en nuestra impaciencia este Adviento? Aquí están unos pensamientos: 

Tomen una respiración profunda. En vez de dar la libertad a nuestra impaciencia, es mejor para nosotros tomar un momento para no decir ni hacer nada inmediatamente y recordar que la paciencia es nuestra mejor reacción y respuesta.

Miren a la imagen completa. En cualquier momento dado, hay cosas que suceden más allá de nuestros deseos. La vida nos da situaciones más allá de nuestro control. A veces, no hay nada que podemos hacer al respecto.

Tomen a la otra persona en consideración por un momento. No conocemos lo que está pasando en la vida de otra persona, especialmente la de un extranjero. Sus necesidades muy bien podrían ser mayores que las nuestras.

Tengan confianza en el tiempo de Dios, no el nuestro. ¿No es eso lo que el Pueblo de Israel hizo? Si no vemos la imagen completa, Dios puede. Pues, déjenlo en las manos de Dios, y Dios lo resolverá. Porque Dios nunca llega tarde. Seamos pacientes con nuestra propia impaciencia.