All Saints

Homily / November 1, 2020

Every time I celebrate a funeral, I look forward to some specific words in the blessing prayers over the bread and wine. They are words that are only used in funerals, and they come from today’s second reading. Often, they are overlooked, because the priest’s prayers are long and lose our attention. So listen up! Here are those words: from today’s second reading, we heard how we will see God as God is, and even more than that, we will be like God. We will be like God. It’s almost unbelievable. But it’s the promise that God makes to us because of our faith and our baptism.

On this day of All Saints, we remember that we are saints “in the making”. We are a work in process, working for that day when we will be in God’s presence and [as children of God] we will be like God. Just how does that happen? How do we work at becoming worthy of being like God?

That’s where the Gospel comes in. I like to think that the Beatitudes are a recipe for sainthood. Many of the descriptions in the Gospel are familiar to us, experiences that we have already had: times when we have mourned, times when we feel like the meek, times when we are called to show mercy, times when we have tried to be peacemakers - all good marks of our growth in becoming real saints. But the one that confuses people a little is the very first Beatitude, and it may be the one that is the key to sainthood.

That first Beatitude is “Blessed are the poor in spirit.” Just what does that mean? I don’t think it means material poverty. It goes much deeper than something material. It goes to our will, something interior, something intangible. Poverty of spirit is emptying ourselves for the sake of others with no expectation of reward or personal gain. Like so many other parts of our faith, it was modeled by Jesus. Remember the reading of St. Paul to Philippians where St. Paul says that Jesus “emptied himself”, taking on our humanity? That’s what poverty of spirit is – an emptying of ourselves. We become poor, putting ourselves at the service of those in need. Our life is one long process of continually getting rid of what prevents us from being more available to others.

My mother is an inspiration for me of what “poor in spirit” is all about. At the age of 92 in the middle of a pandemic, she misses her volunteer work: helping at St. Vincent de Paul, making visits to the nursing home to see “those old people”, helping out with the meal program, and volunteering in the parish. She is a lesson for me that our work on becoming saints, on becoming poor in spirit doesn’t end until the day we die. And only on that day, we will not only see God, but we shall be like God, for ours will be the Kingdom of heaven.

Español:

Cada vez que celebro un funeral, espero por unas palabras específicas en las oraciones de bendición del pan y vino. Son palabras que solamente son usadas en los funerales, y vienen de la segunda lectura de hoy. Frecuentemente, son pasadas por alto porque las oraciones del sacerdote son largas y pierden nuestra atención. ¡Así que escuchen! Aquí están esas palabras: de la segunda lectura de hoy, oímos como veremos a Dios, así como Dios es, y aun más que eso, seremos como Dios. Seremos como Dios. Es casi increíble. Pero es la promesa que Dios hace para nosotros debido a nuestra fe y bautismo.

En este día de Todos Los Santos, recordamos que somos santos “en proceso”. Somos una obra en proceso, trabajando para ese día cuando estaremos en la presencia de Dios y [como hijos de Dios] seremos como Dios. Pero, ¿cómo ocurre eso? ¿Como trabajamos para hacernos dignos de ser como Dios?

Es allí donde el evangelio nos ayuda. Me gusta pensar que los Bienaventuranzas son una receta para la santidad. Muchas de las descripciones en el evangelio son familiares para nosotros, a las experiencias que ya hemos tenido: tiempos cuando hemos llorado, tiempos cuando nos sentimos como los sufridos, tiempos cuando hemos tratado de ser trabajadores por la paz – todas buenas marcas de nuestro crecimiento en hacernos santos actuales. Pero el uno que confunde a mucha gente un poco es la primera Bienaventuranza, y sería una que es la llave a la santidad.

La primear Bienaventuranza es “Dichosos los pobres de espíritu.” ¿qué significa eso? No pienso que se refiere a la pobreza material. Es más profundo que algo material. Es acerca de nuestra voluntad, algo interior, algo intangible. La pobreza de espíritu es vaciarnos a nosotros mismos por el bien de los demás sin expectativa de recompensa o beneficio personal. Como muchas otras partes de nuestra fe, esta fue también modelada por Jesús. ¿Recuerdan la lectura de San Pablo a los Filipenses donde San Pablo dice que Jesús “se vació”, tomando nuestra humanidad? Eso es la pobreza de espíritu – vaciarnos a nosotros mismos. Nos hacemos pobres, poniéndonos a nosotros mismos al servicio de los necesitados. Nuestra vida es un largo proceso donde continuamente debemos deshacernos de lo que nos previene de estar más disponible a los demás.

Mi mama es una inspiración para mí de lo que “pobre en espíritu” significa. A la edad de noventa y dos en el medio de una pandemia, ella extraña su trabajo voluntario: ayudando la Sociedad de San Vicente de Pablo, visitando el hogar de ancianos para ver “a los viejitos”, ayudando con el programa de comida, y ofreciendo servicio voluntario en la parroquia. Es una lección para mí que nuestro trabajo en hacerse santos, el hacerse pobre en espíritu no termina hasta el día en que morimos. Y solamente en este día, no solo veremos a Dios, sino seremos como Dios, pues de nosotros será el Reino de los cielos.