Twenty-first Sunday in Ordinary Time

Homily / August 27, 2017

The Scripture readings today touch very much on the subject of leadership: in the 1st reading, the Lord recognized the evil leadership of Shebna and takes his authority away, giving it to Eliakim.  And in the Gospel, we hear that familiar story of the leadership given to Peter through his great confession of faith in Jesus.

We have been subjected to some interesting leadership in our own country this past week.  The President’s rally in Phoenix has raised question with some members of his own party as to whether he is fit to govern.  We are used to hearing politicians disagree with members of the opposite party.  But when a President openly belittles members of his own party, we have a fractured government.  We have dysfunction at the highest level.

Leadership carries with it the great temptation that we are the authors of our success.  The authority, the power that we have attained is completely our doing.  I’ll say that as a pastor and as a leader of this community.  A pastor, a priest needs to recognize that power comes with office, a power to be used wisely and constructively for the good of others, and not for self-serving needs.

We are not the authors of our success.  None of us.  We fundamentally believe that God is the author of any and all success in our life.  That was the problem with Shebna in the first reading: he lost sight of God and believed that he was the master and source of unbridled power.  Well, God took care of that!  It doesn’t sound like the second speaks about leadership, but the secret of true leadership lies there.  St. Paul writes, “All things are from God, all things come to us through God, and all things are for God.”  All of us have a certain power and authority because of our faith, because of our life as a Christian.  We too have the responsibility to humbly live in recognition that it is God who gives all good things to us and who works all good things in us.  In faith, we boldly proclaim that anything and everything we are and have come from God.

There is a lovely lady at St. Ben’s who every Sunday very compassionately prays for President Trump.  I know she doesn’t agree with his agenda.  In fact, she vehemently opposes him.  But without anger, without cynicism, she offers aloud a prayer for the President.  We pray for him too, and for the power and authority and leadership we show as followers of Christ.  May our own example reflect our fundamental belief that we are not the authors of our own success.  We are living examples that all things are from God, all things come to us through God, and all things are for God.

Español:

Las escrituras de hoy tocan mucho en el punto de liderazgo: en la primera lectura, el Señor reconocía el liderazgo malo de Shebna y le quita su autoridad, dándosela a Eliakim.  Y en el evangelio, oímos la historia familiar del liderazgo dado a Pedro por su gran confesión de fe en Jesús.

Hemos sido sometidos al algún liderazgo muy interesante en nuestro propio país esta semana pasada. El rally del presidente, llevado a cabo en Phoenix, ha provocado el cuestionamiento sobre algunos miembros de su propio partido acerca de su aptitud para gobernar.  Estamos acostumbrados a escuchar a los políticos discutiendo con miembros del partido opuesto.  Pero cuando un Presidente abiertamente menosprecia a los miembros de su propio partido, quiere decir que tenemos un gobierno fracturado. Tenemos la disfunción al nivel más alto.

El liderazgo lleva consigo la gran tentación de que somos los autores de nuestro éxito. La autoridad, el poder que hemos alcanzado es totalmente nuestro trabajo. Yo lo diré como párroco y líder es esta comunidad.  Un párroco, un sacerdote necesita reconocer que el poder viene con la oficina, un poder usado sabiamente y constructivamente por el bien de los demás, y no por las necesidades personales del mismo.

No somos los autores de nuestro éxito.  Ninguno de nosotros.  Fundamentalmente creemos que Dios es el autor de cualquier y todo éxito en nuestra vida. Ese era el problema con Shebna en la primera lectura: perdía vista de Dios y creía que él era el maestro y la fuente de poder desenfrenado.  Pues, ¡Dios se encargó de eso!  No suena como la segunda lectura habla sobre el liderazgo, pero el secreto de liderazgo verdadero está allí.  San Pablo escribe, “Todas las cosas son de Dios, todas las cosas nos vienen por Dios, y todas las cosas son por Dios.”  Todos nosotros tenemos un cierto poder y autoridad debido a nuestra fe, debido a nuestra vida como cristiano.  Tenemos también la responsabilidad vivir humildemente en reconocimiento que es Dios que nos da todas las buenas cosas y hace todas las buenas cosas en nosotros.  En fe, proclamamos audazmente que cualquier cosa y todas las cosas que somos y tenemos vienen de Dios.

Hay una señorita muy amable en San Benedito, quien cada domingo ora muy compasivamente por el Presidente Trump.  Yo sé que ella no está de acuerdo con su agenda.  De hecho, ella se opone con vehemencia.  Pero sin odio, sin cinismo, ofrece en voz alta una oración por el Presidente.  Oramos por él también, y por el poder y autoridad y liderazgo que mostramos como seguidores de Cristo.  Que nuestro propio ejemplo refleje nuestra creencia fundamental que no somos los autores de nuestro propio éxito.  Somos ejemplos vivos que todas las cosas son de Dios, todas las cosas nos vienen por Dios, y todas las cosas son por Dios.