Thirty-Third Sunday in Ordinary Time

Homily / November 29, 2017

Lately on Sundays, we have been hearing readings about wisdom, and we run the danger of confusing wisdom with intelligence. Intelligence is a matter of the mind. Wisdom hopefully includes intelligence, but goes further; it is much more a matter of the heart and soul. There’s a real difference there.  Think for yourself: do you know of someone who is very intelligent, but they can barely figure out how to run a wash machine? Wives, stop looking at your husbands!

The Scriptures give us another example today. Fear is at the heart of the readings today. We hear in the Gospel of how the servant was fearful of the master and his money. The second reading speaks of the fear that many people have of death; St. Paul tries to put those fears to rest. The first reading, as beautiful as it is, also talks about fear, but a different kind of fear. It says, “The woman who fears the Lord is to be praised.” It is not fear in the sense of being afraid; it is fear in the sense of awe and wonder at the greatness of God.  And in the face of such greatness, we are humbled.

Such a fear stops us in our tracks and makes us take notice of the goodness and the greatness of God that enters into our lives. As we celebrate this baptism of Charlotte, it is exactly one of those great moments of holy fear and awe and wonder, and we are humbled. At the birth especially of a first child, how many parents will say, “This is nothing less than a miracle.” It is a moment that brings us closer to God. Baptism is a sacrament, and my own personal definition of a sacrament is this: a powerful, human event in our life in which the Church stops us and calls our attention to recognize that something truly holy is happening in our lives. Baptism and the birth of a child is one of those powerful, human moments that creates a holy fear in us as we recall the beauty of human life along with the beauty of our faith.

The great message of today’s readings is that that fear, that awe and wonder, do not belong to God alone. The woman who was praised in the first reading is an example of the ordinary, but extraordinary examples of great love and great goodness that enter our lives every day. Some of you do that to me. I was at a meeting last week, and I was asked the question, “If you could clone someone who is just incredible in your ministry, who would it be?” It certainly wasn’t a Jesuit!  But very quickly, without hesitation, I mentioned the name of one of you. Take some time today or during the week to call to mind the people who do the same for you – people who instill in us a wonderful, holy fear, because they are great examples of God’s real presence in our lives.

Español:

Recientemente, hemos escuchado en las lecturas de los domingos, acerca de la sabiduría, y corremos el peligro de confundir la sabiduría con la inteligencia. La inteligencia es un asunto de la mente. La sabiduría esperanzadamente incluye la inteligencia, pero va más allá; es mucho más un asunto del corazón y del alma. Hay una diferencia allí. Piensen por sí mismo: ¿conoce usted a alguien que es muy inteligente, pero apenas puede manejar una lavadora? Esposas, ¡dejen de mirar a tus maridos!

Las Escrituras nos dan otro ejemplo hoy. El miedo está en el corazón de las lecturas de hoy. Escuchamos en el evangelio como el siervo tenía miedo de su amo y su dinero. La segunda lectura habla del miedo que mucha gente tiene de la muerte; San Pablo trata a poner esos miedos a un lado. La primera lectura, tan bonita que es, también habla del miedo, pero un tipo de miedo diferente. Dice, “Es digno para la esposa de ser alabada por todos.” No es un miedo en el sentido de tener miedo; es un miedo en el sentido del asombro con la grandeza de Dios. Y en la cara de tanta grandeza, somos más humildes.

Un miedo como este nos detiene por un momento y nos hace notar la bondad y grandeza de Dios que entra en nuestras vidas. Mientras celebramos el bautismo de Charlotte, es exactamente uno de los grandes momentos de santo miedo y asombro, y somos humildes ante el nacimiento especialmente de un primer hijo, ¿cuantos padres dicen, “Es nada menos que un milagro.” Es un momento que nos lleva más cercanos a Dios. El Bautismo es un sacramento, y mi propia definición personal de un sacramento es este: un evento humano, poderoso en nuestra vida en el cual la Iglesia nos detiene y llama nuestra atención para reconocer que algo verdaderamente santo está pasando en nuestras vidas. El Bautismo y el nacimiento de un hijo es uno de esos eventos poderosos que crea un santo miedo en nosotros mientras reconocemos la belleza de vida humana junta con la belleza de nuestra fe. 

El gran mensaje de las lecturas de hoy es que ese miedo, ese asombro no pertenece solo a Dios. La mujer que fue alabada en la primera lectura es un ejemplo de los ejemplos ordinarios, pero también ejemplos extraordinarios del gran amor y la gran bondad que entran nuestras vidas cada día. Algunos de ustedes sindican eso para mí. Yo estaba en una reunión la semana pasada, y me preguntaron, “Si usted pudiera clonar a alguien que es increíble en su ministerio, ¿quién pudiera esa ser persona?” ¡Ciertamente no dije que un Jesuita! Pero, muy rápidamente, y sin dudar, mencioné el nombre de uno de ustedes. Tomen algún tiempo hoy o durante la semana para pensar en las personas quienes hacen lo mismo por usted – personas quienes inculcan en nosotros un santo miedo maravilloso, porque ellos son grandes ejemplos de la real presencia de Dios en nuestras vidas.