Second Sunday in Ordinary Time

Homily / January 14, 2018

When my brothers and sister and I were growing up, it was not unusual for our parents to ask us to do something.  But like many children, we thought that we had more important things to do. After repeated requests, usually on the part of my mother, she would say to us in a strong, clear voice, “How many times to do I have to tell you?!”

I wonder if God doesn’t feel like my mother at times.  In the first reading today, God tries to get a message across to Samuel.  And only after repeated attempts does Samuel understand what God is trying to say.  I also wonder if some of our behaviors as a child don’t stay with us as adults.  By that I mean that God can try to tell us something, but for whatever reason, we don’t answer, we don’t listen, we don’t respond.  We don’t hear the voice of God much in the first reading.  But I wonder if God’s words wouldn’t be the very same words of my mother: “How many times to do I have to tell you?!”

This is a very little, but very important part of the story in the first reading.  Samuel could not hear the message of God until he listened.  Notice in the story that Samuel finally says, “Speak, Lord, for your servant is listening.”  He didn’t say that earlier.  Only after three times did he realize how important it was for him to listen.  And it’s a lesson that is not lost on us today: the importance of listening . . . to a spouse, to our friends, to our parents, to our children, and especially to our God.

I saw a news program last week in which an interviewer was questioning a guest.  But the guest had an agenda of his own and refused to listen to the interviewer.  He just continued talking without giving the interviewer even a chance to say something.  Do you know someone like that?  They aren’t interested in listening; they are interested in letting you and I know how right they are.  And in doing so, they only show us their stupidity and arrogance.  Listening implies that not all knowledge resides in us alone.  Listening implies that we recognize and respect the far more vast voice of God that comes to us in many people.  Notice in that first reading that it took Eli the prophet to open the ears and the mind and the heart of Samuel to what was happening.  Without Eli’s direction, Samuel couldn’t understand that it was God who was calling him.  Isn’t the same true in our lives?  We need others in our lives to speak a truth that we don’t hear, a truth that we don’t even understand, and a truth that we can’t see.  When I was celebrating Mass last weekend for the teenagers who are preparing for their Confirmation, I asked them to be a light in the way that they live.  After thinking about it for a moment, I needed to clarify my remark by adding, “I hope you know that there is light in you.”  At times, it takes others to tell us what we don’t see in ourselves.  But again, to hear that, we have to listen.

Samuel finally said, “Speak, Lord, for your servant is listening.”  We pray today for the faith, the trust and the good sense to do more listening in our lives, so that we too can hear the voice of God that speaks to us through others.

Español:

Cuando mis hermanos, mi hermana y yo estábamos creciendo, no era raro para nuestros padres pedirnos que hiciéramos algo.  Pero, como muchos hijos, nosotros pensábamos que teníamos cosas más importantes para hacer.  Después de repetidas solicitudes, normalmente de parte de mi mama, ella decía en una voz fuerte y clara, “¿Cuantas veces tengo que decirles?”

Me pregunto si Dios no se siente como mi mama a veces.  En la primera lectura de hoy, Dios trata de enviarle un mensaje a Samuel.  Y solamente después de intentos repetidos Samuel, comprende lo que Dios está tratando de decir.  También me pregunto si algunos de nuestros comportamientos como hijo se quedan con nosotros como adultos.  Con eso quiero decir que Dios puede tratar de decirnos algo, pero debido a cualquier razón, no respondemos, no escuchamos.  No escuchamos mucho la voz de Dios en la primera lectura.  Pero me pregunto si las palabras de Dios no serían las mismas palabras de mi mama:  “¿Cuantas veces tengo que decirles?”  

Esto es una parte muy pequeña, pero muy importante de la historia en la primera lectura.  Samuel no podía escuchar el mensaje de Dios hasta que lo escucho.   Fíjense en la historia como Samuel finalmente dice, “Habla, Señor; tu siervo te escucha.”  No lo dijo antes.  Solamente después de tres veces se dio cuenta lo importante que era para él escuchar.  Y es una lección que no se ha perdido sobre nosotros hoy: la importancia de escuchar . . . a un marido o esposa, a nuestros amigos, a nuestros padres, a nuestros hijos, y especialmente a nuestro Dios.

La semana pasada, vi un programa de noticias en la que un entrevistador estaba preguntando a un invitado.  Pero el invitado tenía una agenda de sí mismo y él se negó escuchar al entrevistador. El continuaba hablando sin darle al entrevistador aun la oportunidad de decir algo.  ¿Conoce usted a alguien como esta persona?  No están interesados en escuchar; están interesados en permitirnos saber lo correctos que ellos están.  Y al hacerlo, solamente muestra su estupidez y arrogancia.  Escuchar implica que no todo conocimiento reside en nosotros.  Escuchar implica que reconocemos y respetamos la voz mucho más vasta de Dios que viene a nosotros en mucha gente.  Noten en esa primera lectura que se requiere al profeta Elí abrir los oídos, la mente y el corazón de Samuel a lo que estaba pasando.  Sin la dirección de Elí, Samuel no podía comprender que era Dios quien estaba llamándole.  ¿No es lo mismo en nuestras vidas?  Necesitamos a los demás en nuestras vidas para hablar una verdad que no oímos, una verdad que no comprendemos, y una verdad que no podemos ver.  Cuando yo estaba celebrando la misa la semana pasada para los jóvenes preparándose para su Confirmación, les pedi que sean una luz en la manera en que viven.  Después de pensar acerca de eso por un momento, necesito aclarar mis palabras y añadir, “Espero que ustedes sepan que hay luz en ustedes.”  A veces, requiere de alguien en decirnos lo que no podemos ver en nosotros mismos.  Pero, otra vez, para oírlo, tenemos que escuchar.

Samuel finalmente dijo, “Habla, Señor; tu siervo te escucha.”  Oramos hoy por la fe, la confianza, y el buen juicio para hacer escuchar más en nuestras vidas, para que nosotros también podamos oír la voz de Dios que nos habla a nosotros por medio de los demás.