14th Sunday in Ordinary Time

Homily / July 8th, 2018 * Parish Picnic

I think about my parents this morning. They were here at the Parish Picnic once or twice and loved it. My father died in 2014, and my mother will turn 90 this month on the 17th.

Some of you were at my father’s funeral. You may remember the message of my homily, because it was the central them of my father’s life. It comes from today’s second reading where St. Paul says, “I am content with weakness, for when I am weak, then I am strong.”

As my father neared his death, he showed us how strong he was in his faith through his acceptance of the physical weakness that had entered his life. Not many people believe that strength comes from weakness. We like to be strong; we prefer to be independent, even when it comes to God. We don’t like going to the doctor even when we know that we are sick; we don’t like to lose in a competition; we don’t like to give up our driver’s license. It takes a person of great faith to set all of that aside, to acknowledge our weakness, and to believe in the strength that God will give us.

There is a freedom that comes from acknowledging our weaknesses – we stop playing games with ourselves and with God. From St. Paul’s letter and lesson for us today, we might write a new Beatitude: Blessed are the weak, for the true strength of God shall be theirs.

Español:

Pienso en mis padres en esta mañana. Ellos estuvieron aquí en el Picnic Parroquial una o dos veces y era algo que amaban. Mi papá murió en 2014, y mi mama tendrá noventa años el diecisiete de este mes.

Algunos de ustedes asistieron al funeral de mi papá. Quizás recuerdan el mensaje de mi homilía, porque era el tema central de la vida de mi papá. Viene de la segunda lectura de hoy donde San Pablo dice, “Me alegro de las debilidades, porque cuando soy más débil, soy más fuerte.”

Cuando mi papá se acercaba a su muerte, nos mostró que tan fuerte era en su fe, por su aceptación de la debilidad física en la que había entrado su vida. No mucha gente cree que la fuerza viene de la debilidad. Nos gusta ser fuertes; preferimos ser independientes, aun cuando se trata de Dios. No nos gusta ir al médico aun cuando sabemos que estamos enfermos; no nos gusta perder en una competencia o juego; no nos gusta renunciar a nuestra licencia de conducir. Requiere de una persona de gran fe para para dejar todo eso a un lado, para reconocer nuestra debilidad, y creer en la fuerza que Dios nos dará.

Hay una libertad que viene en reconocer nuestras debilidades – dejamos de jugar juegos con nosotros mismos y con Dios. De la carta y lección de San Pablo para nosotros hoy, pudiéramos escribir una nueva Bienaventuranza: Dichosos los débiles, porque la fuerza verdadera de Dios será suya.